¿Dónde estás, compañero?
Mi homenaje al Padre Dirk.
A las 8 de la tarde golpeó la puerta de la casa el Teniente de Carabineros. Pidió disculpas por interrumpir la velada, había visto llegar en la barcaza a mi señora, mis dos niñitas y un cuñado residente en España, recién llegado, después de 20 años, de vacaciones a Chile.
- El general de la Zona me informó que a usted lo van a sacar de aquí en la madrugada y me pidió que no le avisara, que instruyera a mis hombres para que nadie se metiera e hicieran vista gorda a lo que sucediera. No es más en lo que lo puedo ayudar pero vea cómo se salva.
Estaba cumpliendo una condena en Corral, en la casa del Párroco, Dirk De Wit, que me había dejado su propia habitación. Relegado sin juicio, por dar una conferencia de prensa, junto a Almeyda y Maroto, en demanda de democracia el año 1984.
Días antes, al firmar como cada mañana a las 8:00 AM en la Comisaría, dos tipos de la CNI me habían retenido en una de las oficinas, venían de Valdivia a interrogarme. Intenté oponerme.
-Debemos acatar, dijo el Teniente, son órdenes superiores. -Estaré en mi oficina, me avisa si necesita algo.
Hacía mucho frío ese mes de Julio, supongo que las rodillas me temblaban algo por eso y mucho por miedo. Sus palabras me infundieron valor, supe que de algún modo quería protegerme. Si o no, según fuera el caso, eran mis respuestas. Se retiraron enojados con su deber no cumplido. Los de la CNI no se sintieron en casa en esa Comisaría.
Ese Martes llegó mi familia a visitarme desde Santiago y ese mismo Martes me sacarían al anochecer de Corral con destino desconocido y sin saberse quienes. Supusimos que sería la CNI. Alertado por ese Teniente, a quien agradezco de corazón haber cuidado de mi vida, la velada cambió de alegre bienvenida a una acelerada conversación de sobrevivencia.
Ramiro ofreció una lancha, Sergio su camioneta, Mauricio lo que quisiera. Nos iríamos a Chaiguín y de ahí, por mar, hacia alguna caleta más al sur. La comunidad cristiana escondería y cuidaría de mi familia. Dirk dijo que no.
-Te pillan en esas condiciones y te matan sin miramientos. Esa gente no tiene decoro.
Dirk me había conocido hace tan sólo unos días. Nació una de las valiosas amistades de mi vida. No porque yo fuera alguien especial.
-Si Dios te ha puesto en mi camino, mi destino estará para siempre ligado al tuyo, me dijo con amor.
Logró que nos abrieran el único teléfono que entonces había en Corral, alertó al Obispo Jano Jiménez de la situación y avisé a José Manuel Parada, de la Vicaría de la Solidaridad. Se amarró su brazo y pierna derechos con una cuerda a mi costado y, unidos en familia y rodeados de corralinos conmovidos, esperamos que vinieran a buscarme. La noche la pasamos algo menos aterrados. La radio Cooperativa había denunciado los hechos con la combativa voz de María Maluenda.
De madrugada apareció el Teniente y otra gente por la casa.
-Yo lo voy a trasladar a Niebla, le dijo a mi señora, esté tranquila.
Allí me esperaban, la CNI, Carabineros e Investigaciones. Luego de unas escaramuzas entre ellos, en autos de la Policía me trasladaron al aeropuerto de Valdivia y de ahí a Chaitén, donde cumplí la relegación completa. En el pequeño avión de Investigaciones íbamos el piloto, dos policías y yo. Uno de ellos, al subir, me quitó las esposas y me empezó a narrar historias de las islas que divisábamos en el mar.
-Es seguro este viaje, relájese, me dijo, yo fui de la Jota en la secundaria. Nada sabíamos de su traslado, nos despertaron de madrugada después del escándalo que hizo la radio.
Chaitén es asombroso y lo fue para mí también, sobre todo su gente. A los días de estar allí llegó el padre Dirk con mi familia.
-Como ves ellas están bien, venimos a asegurarnos que tú también lo estés. Había movilizado al Obispo Ysern y me había encomendado al Padre Félix, un increíble cura joven nacido en algún pueblo campesino de España.
Se quedó 10 días acompañándome.
-Me interesa tu amistad, ya sabes, no podrás desembarazarte de mí nunca más.
Un día caminando por las calles de Chaitén, absorbidos por la conversación, sin darnos cuenta nos habíamos alejado muchos kilómetros por la carretera Austral. Me estaba prohibido salir de los pequeños límites urbanos del lugar.
De pronto nos vimos cercados por dos jeeps de carabineros. Dirk me arrimó contra un árbol y se puso delante para protegerme.
-Yo soy responsable, lo conduje hacia acá para que respirara con menos asedio, se disculpaba ente el Mayor, que bajó con ademanes de enojo del vehículo.
-Qué se cree usted venir a contravenir mis órdenes! Además, agregó, justo vino el Mayor de Futaleufú a conocerlo y tengo movilizado a todo el pueblo buscándolo. Creíamos que este cura rojo le había ayudado a escapar.
Dirk se disculpó otra vez –conocía a los militares, había sido su capellán, y la tensión disminuyó. El Mayor de Futalefú se bajó de su jeep junto a su esposa y su hijo. Tan sólo me buscaban porque ellos querían conocerme y mostrarme su aprecio.
El Padre Dirk acaba de morir, el día de Todos los Santos. Los dos días de su multitudinario funeral han sido de los más valiosos y esperanzadores de años recientes. No sólo marcó con su impronta toda mi tiempo de relegado, tiñó desde entonces mi vida con su amor. Ha sido un regalo conocerlo.
Cada vez que venía a Santiago y podía alojarse en mi casa traía unos cuantos pomelos y yo le tenía el vino blanco. Sacaba unas copas, se sentaba a la mesa e iniciaba siempre así la conversa…
-¿Dónde estás, compañero?
José Sanfuentes
A las 8 de la tarde golpeó la puerta de la casa el Teniente de Carabineros. Pidió disculpas por interrumpir la velada, había visto llegar en la barcaza a mi señora, mis dos niñitas y un cuñado residente en España, recién llegado, después de 20 años, de vacaciones a Chile.
- El general de la Zona me informó que a usted lo van a sacar de aquí en la madrugada y me pidió que no le avisara, que instruyera a mis hombres para que nadie se metiera e hicieran vista gorda a lo que sucediera. No es más en lo que lo puedo ayudar pero vea cómo se salva.
Estaba cumpliendo una condena en Corral, en la casa del Párroco, Dirk De Wit, que me había dejado su propia habitación. Relegado sin juicio, por dar una conferencia de prensa, junto a Almeyda y Maroto, en demanda de democracia el año 1984.
Días antes, al firmar como cada mañana a las 8:00 AM en la Comisaría, dos tipos de la CNI me habían retenido en una de las oficinas, venían de Valdivia a interrogarme. Intenté oponerme.
-Debemos acatar, dijo el Teniente, son órdenes superiores. -Estaré en mi oficina, me avisa si necesita algo.
Hacía mucho frío ese mes de Julio, supongo que las rodillas me temblaban algo por eso y mucho por miedo. Sus palabras me infundieron valor, supe que de algún modo quería protegerme. Si o no, según fuera el caso, eran mis respuestas. Se retiraron enojados con su deber no cumplido. Los de la CNI no se sintieron en casa en esa Comisaría.
Ese Martes llegó mi familia a visitarme desde Santiago y ese mismo Martes me sacarían al anochecer de Corral con destino desconocido y sin saberse quienes. Supusimos que sería la CNI. Alertado por ese Teniente, a quien agradezco de corazón haber cuidado de mi vida, la velada cambió de alegre bienvenida a una acelerada conversación de sobrevivencia.
Ramiro ofreció una lancha, Sergio su camioneta, Mauricio lo que quisiera. Nos iríamos a Chaiguín y de ahí, por mar, hacia alguna caleta más al sur. La comunidad cristiana escondería y cuidaría de mi familia. Dirk dijo que no.
-Te pillan en esas condiciones y te matan sin miramientos. Esa gente no tiene decoro.
Dirk me había conocido hace tan sólo unos días. Nació una de las valiosas amistades de mi vida. No porque yo fuera alguien especial.
-Si Dios te ha puesto en mi camino, mi destino estará para siempre ligado al tuyo, me dijo con amor.
Logró que nos abrieran el único teléfono que entonces había en Corral, alertó al Obispo Jano Jiménez de la situación y avisé a José Manuel Parada, de la Vicaría de la Solidaridad. Se amarró su brazo y pierna derechos con una cuerda a mi costado y, unidos en familia y rodeados de corralinos conmovidos, esperamos que vinieran a buscarme. La noche la pasamos algo menos aterrados. La radio Cooperativa había denunciado los hechos con la combativa voz de María Maluenda.
De madrugada apareció el Teniente y otra gente por la casa.
-Yo lo voy a trasladar a Niebla, le dijo a mi señora, esté tranquila.
Allí me esperaban, la CNI, Carabineros e Investigaciones. Luego de unas escaramuzas entre ellos, en autos de la Policía me trasladaron al aeropuerto de Valdivia y de ahí a Chaitén, donde cumplí la relegación completa. En el pequeño avión de Investigaciones íbamos el piloto, dos policías y yo. Uno de ellos, al subir, me quitó las esposas y me empezó a narrar historias de las islas que divisábamos en el mar.
-Es seguro este viaje, relájese, me dijo, yo fui de la Jota en la secundaria. Nada sabíamos de su traslado, nos despertaron de madrugada después del escándalo que hizo la radio.
Chaitén es asombroso y lo fue para mí también, sobre todo su gente. A los días de estar allí llegó el padre Dirk con mi familia.
-Como ves ellas están bien, venimos a asegurarnos que tú también lo estés. Había movilizado al Obispo Ysern y me había encomendado al Padre Félix, un increíble cura joven nacido en algún pueblo campesino de España.
Se quedó 10 días acompañándome.
-Me interesa tu amistad, ya sabes, no podrás desembarazarte de mí nunca más.
Un día caminando por las calles de Chaitén, absorbidos por la conversación, sin darnos cuenta nos habíamos alejado muchos kilómetros por la carretera Austral. Me estaba prohibido salir de los pequeños límites urbanos del lugar.
De pronto nos vimos cercados por dos jeeps de carabineros. Dirk me arrimó contra un árbol y se puso delante para protegerme.
-Yo soy responsable, lo conduje hacia acá para que respirara con menos asedio, se disculpaba ente el Mayor, que bajó con ademanes de enojo del vehículo.
-Qué se cree usted venir a contravenir mis órdenes! Además, agregó, justo vino el Mayor de Futaleufú a conocerlo y tengo movilizado a todo el pueblo buscándolo. Creíamos que este cura rojo le había ayudado a escapar.
Dirk se disculpó otra vez –conocía a los militares, había sido su capellán, y la tensión disminuyó. El Mayor de Futalefú se bajó de su jeep junto a su esposa y su hijo. Tan sólo me buscaban porque ellos querían conocerme y mostrarme su aprecio.
El Padre Dirk acaba de morir, el día de Todos los Santos. Los dos días de su multitudinario funeral han sido de los más valiosos y esperanzadores de años recientes. No sólo marcó con su impronta toda mi tiempo de relegado, tiñó desde entonces mi vida con su amor. Ha sido un regalo conocerlo.
Cada vez que venía a Santiago y podía alojarse en mi casa traía unos cuantos pomelos y yo le tenía el vino blanco. Sacaba unas copas, se sentaba a la mesa e iniciaba siempre así la conversa…
-¿Dónde estás, compañero?
José Sanfuentes

4 Comments:
Hola José:
Estas historias, tan guardadas en cada uno, son valiosas porque nos hace valorar lo que hoy estamos viviendo en nuestro Chile, a partir de los gobiernos de la Concertación.
Es cierto, falta mucho por hacer
(que bueno que siempre soñamos), pero lo primero lo tenemos resuelto, Libertad.
Hermoso tu homenaje.
Saludos
En la vida nos encontramos con seres humanos maravillosos y esos son los que de alguna manera nos transforman y nos hacen ver el mundo como un caleidoscopio lleno de colores con mil formas distintas que con su belleza no nos queda mas que asombrarnos.
con cariño y con una profunda emocion.
pabla flores
Papá, tus niñitas crecieron..., pero igual que tu y la mamá siempre recordaremos a Dirk con un cariño y agradecimiento enormes.
Francisca Sanfuentes Parga
La verdad que no nos conocemos bien, creo que nos presentaron para el funeral del P. Dirk. Agradezco tu hermoso testimonio, conocí varios años despues al Dirk, pero el recuerdo es el mismo, un hombre sencillo y extraordinario.
Cada palabra y gesto que recuerdas lo grafican muy bien (también los pomelos y el vino blanco)
gracias
P. Carlos Martínez
Párroco de Corral
Publicar un comentario
Links to this post:
Crear un vínculo
<< Home